Dibujo costumbrista para una princesa

¡Oh, mi rey pequeñito,
pánica majestad,
ven a probar el miedo de mis labios!

De lágrimas inunda su rincón
la princesa de níquel;
decide involucrarse el Dios del Cielo:
del segundo cajón de su escritorio
saca un seis-tiros bíblico
y lanza contra el rey
cuatro rayos de plomo
y uno contra el santón -por desquiciado-.

Después lleva el cañón
a su boca de piedra
mientras piensa en la rata
que allí, en su cueva oscura,
está buscando el día.

Desde su madriguera
la rata busca el día.

Está de luto el reino,
la princesa
se quedó embarazada de un plebeyo.
Y se caen las murallas,
las azucenas rompen
los muros de palacio.

Y la luz,
esta luz
que nos blanquea los ojos
y nos come los huesos.

Esta luz como un árbol
que incendia los senderos que pisamos.

Y el olor de los muertos
y el temblor de los vivos
y del devastador sabueso de la luz la noche escapa

Un ciego da de palos al abismo.

Y escupo, escupo, escupo enloquecido
y golpeo mi cabeza
contra la madrugada,
contra el estigma del santón
y florecen sus llagas
y anida esta locura en su bragueta
y corre como galgo hacia palacio
donde el anciano rey
hace el odio a su hija.

El santón, casi lleno de amor, recita,
mientras del rey destroza la cabeza:
-¡Oh, mi rey pequeñito,
pánica majestad,
ven a probar el miedo de mis labios!

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